Me siento frente al ordenador. Me aburro. Escribo.
Cojo un taco de post-it, le doy vueltas, pensando.
¿Pensando en qué? No sé, pensando el pensamiento, a lo mejor.
Hay cosas que me preocupan, otras que me alegran, y otras que se mueren por ser escritas en un trozo de papel lo antes posible, aunque luego convivan con el resto de mi mente.
Poderosa la mente humana, pues, directamente, no se puede luchar contra ella, ni llevarle la contraria, ni darle la razón sin meditar. Es una máquina en constante movimiento, razón de nuestra razón, pero también de nuestra locura. Compleja. ¿Alguien la conoce?
Me quedo en blanco y no sé qué más escribir. Miro por la ventana. El día está frío y oscuro, y mis manos, una vez más, heladas como un témpano de hielo. Bostezo. Tengo sueño, y tengo que estudiar.
Odio estudiar los domingos. Odio los domingos. Son lentos, me aburren. Aunque son melancólicos, y la melancolía en pequeñas dosis, me gusta.
Sueño despierta.
Entonces me veo en otra tarde de domingo, quizá más fría, londinense. Quedo con alguien y salimos a tomar algo. Lo pasamos bien. Después llego a casa y charlo con mis compañeros de piso. Llamo a mis padres y les digo que les quiero, que les hecho de menos. Cuando cuelgo me siento un poco sola, y vuelve la melancolía de las tardes de domingo pasadas. Pero soy feliz.
Ahora también lo soy, y mucho, aunque a veces no me dé cuenta. Entonces me siento totalmente desprotegida, esperando que venga alguien a consolarme. Pero pasan unos días, y como no viene nadie, me recompongo cachito a cachito yo sola. A veces es fácil.
Otras, no tanto. La caída puede ser dura, pero aprendes a levantarte.
Caminar es otra cosa. Sé que no camino sola, y me alegro por ello.
Mi mayor felicidad es compartir mi camino, mi vida, con la gente que quiero.
Y no quiero que ellos caminen solos.

Déjame caminar contigo.

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