jueves, 15 de abril de 2010

15 de abril de 1912.


Han pasado casi 100 años. Para ser exactos, han pasado 98 años.
Y después de casi un siglo, aún se siguen descubriendo cosas sobre el hundimiento del barco "insumergible" más famoso de la historia.
Este día me recuerda a mi época "oceanógrafa" en la que todo lo que me interesaba tenía que ver con el océano, su naturaleza y la historia de los barcos. Y debo mucho a esta época, porque fue el principio del descubrimiento de mi adorada Kate, pero eso es otra historia.
La historia de hoy es el Titanic, y no sólo por los recuerdos que me trae sobre mi época de friki del tema, que duró poco pero fue intensa, jaja.
El RMS Titanic hizo historia. Todo el mundo lo sabía, pero nadie sabía que el motivo sería tan triste. O quizá Morgan Robertson sí lo sabía. Una vez leí que este señor, unos años antes de que el Titanic se hundiera (incluso antes de su construcción) escribió un libro sobre un barco llamado Titán, bastante parecido al real Titanic, que se hundió en su primer viaje al chocar con un témpano de hielo por falta de botes salvavidas.
Curiosa coincidencia.
Sin embargo, lo que más me choca (aunque tampoco tendría que sorprenderme a estas alturas de la vida) es el comportamiento de la tripulación, del capitán. ¿Por qué aumentó la velocidad aún sabiendo que no podía hacerlo, que era peligroso? Es increíble lo paradójico del tema, porque el capitán Smith quería retirarse saliendo en las portadas de los periódicos, y finalmente lo consiguió. Pero es aún más increíble la ambición del ser humano, el afán de superarse y de luchar contra la naturaleza.
De todas formas, el hundimiento no fue sólo esta decisión. Al parecer, el barco ya salió con problemas del puerto de Southampton, a mitad de viaje estuvo a punto de chocar con un barco (les separaron 61 cm) y tras el choque con el iceberg tardaron casi una hora en dar el aviso de socorro para "no alarmar y no hacerlo público". ¿Por qué?
Nunca entenderé todas las preguntas que me plantea el hundimiento del Titanic, cómo, por ejemplo, ¿por qué no había botes para todos? ¿Por qué los botes iban medio vacíos? ¿Por qué no volvieron a ver si había alguien a quien poder rescatar? ¿Por qué no se avisó al barco más cercano en el momento de la colisión? ¿Por qué si había problemas antes de partir no se solucionaron?
Todo me lleva al maldito comportamiento humano. Al egoísmo, a la falta de solidaridad, al orgullo, al jugar a ser quien no se es...
Había muchas vidas que empezaban a ser vividas, y que por ciertas neglicencias se hundieron aquella noche junto con el Titanic.
Como dije antes, no sé de qué me sorprendo, el humano es así.
Creo que en el fondo tengo la esperanza de que exista algo que nunca veré. ¡Qué utópica!

Cuando veo la película "Titanic" llega un momento en que se me ponen los pelos de punta. La relación de Jack y Rose pasa a un segundo plano (aunque para mí no deja de ser importante... romanticismos de la vida, jaja) pero si realmente sufro viéndola es pensando en la desesperación de las personas que estuvieron allí, y en esa muerte lenta congelado en medio del Atlántico. La verdad es que es bastante espeluznante.
Y en medio de todo ese caos, la orquesta tocando. Es una escena que me emociona mucho, porque los músicos se mantienen serenos en medio de toda la desesperación, mientras una madre le cuenta a sus hijos un cuento para dormir, mientras esos dos viejecillos se abrazan esperando una absolución, como bien dice la BSO.

Es curioso que años más tarde existió otro barco, de magnitudes algo más pequeñas que el Titanic, pero aún así monumental, llamado Britanic, considerado su hermano gemelo, que se hundió en 1916 a causa de una mina en el mar, en plena Guerra Mundial.

Lo dicho, esta historia aún tiene mucho que contar. Sin embargo, el barco está empezando a desaparecer, a consumirse, mitad culpa humana y mitad culpa de la naturaleza.
Ya no queda nadie que pueda contar su historia.
Llegará el día en que no quede nada.
Sólo la memoria.
Pero es historia.

miércoles, 14 de abril de 2010

Metafísica kantiana


¿Quién lo diría? Yo hablando de Kant.
La verdad es que no es nada raro. Quizá lo raro es que voy a hablar de Kant, pero voy a hablar de Kant no de cualquier manera, sino entendiéndole.
Parece que había (y la hay) una cierta tendencia a rechazar a este hombre, escolarmente hablando, porque es muy complicado de entender.
El caso es que, como yo soy de las que hacen fácil lo difícil y díficil lo sencillo, pues he entendido a Kant, no sin problema, pero sí me ha resultado fácil.
El tema es que llevaba varios días sin actualizar, y he pensado que Kant era una buena actualización.
Como siempre digo, no es que la filosofía sea lo mío, pero cuando la entiendo puede llegar a parecerme muy interesante.
Y, para interesante, Kant.
Kant nace en el siglo XVIII, una época de grandes avances, tanto tecnológicos, como sociales, políticos y económicos. Supongo que eso es un factor importante a la hora de plantear su filosofía.
Si en siglos anteriores todo se basaba en plantear el conocimiento desde el punto de vista racional (razón) y empírico (experiencia), Kant intenta buscar una solución al problema del conocimiento sin descartar el racionalismo, pero tampoco el empirismo. De hecho, su verdadera filosofía comienza tras su lectura de mi amigo Hume, aunque por desgracia a Kant no le hace tanta gracia el "emotivismo moral" de Hume como a mí.
El caso es que Kant se plantea tres preguntas: ¿qué puedo conocer? ¿qué debo hacer? y ¿qué me cabe esperar?. A su vez, resume las tres en otra: ¿qué es el hombre?
Estas preguntas son los límites del ser humano, a los cuales responde el método trascendental, mediante el cual la razón se analiza a sí misma para conocer sus límites.
Tampoco voy a entrar en mucho detalle, entre otras cosas porque no me he quedado con todo, pero sí me gustaría hablar sobre el problema de la metafísica, para mí la parte más interesante de su conocimiento.
Cuando conocemos, estamos sometidos a unos límites, que son los fenómenos (lo que aparece) y los noúmenos (lo que es en sí). Es decir, un coche es un fenómeno, pues aparece en nuestra vista cuando lo vemos, pero también es un noúmeno, pues tiene una esencia, una esencia que no puede ser conocida (como si fuera "la idea de coche").
Por otro lado, para que algo sea ciencia, debe poseer un fenómeno.
Y es aquí donde aparece el problema de la metafísica, y a su vez la diferencia entre racionalismo y empirismo.
La metafísica estudia el mundo, el alma y Dios, pero, ¿es la metafísica una ciencia?
No.
¿Nos aparece como fenómeno el mundo, el alma o Dios?
No.
Por tanto, la metafísica no es una ciencia.
Si ponemos como ejemplo a Dios, ¿conocemos a Dios o la idea de Dios? Por supuesto, tenemos la idea de Dios, pero no lo conocemos, y nunca lo conoceremos.
Por tanto, si no se puede conocer, no es ciencia.
Es aquí también donde confluyen racionalismo y empirismo, pues un fenómeno, por decirlo de alguna manera, exige experiencia, conocimiento de él, y por tanto es empírico, y un noúmeno, del cual no tenemos experiencia alguna, es racional, pues nos dejamos llevar por él gracias a la razón.
Y, aunque queda claro que la metafísica no es una ciencia, pues no tenemos experiencia de ella, la razón humana tiende a pensar en ella como tal, pues se interroga por lo desconocido, como, por ejemplo, si el alma o Dios existe.
Este punto es uno de los más interesante, pues es bien cierto que todos nos hacemos esas preguntas, que son inevitables, aunque no demostrables.
Por otro lado, otro de los puntos que más me gusta de la filosofía kantiana es su ética, quizá porque es bastante coherente e interesante.
Kant rompe con todas la éticas anteriores, que tacha de materiales (no sin razón) pues buscan, mediante la moral, un fin último (felicidad, Dios...).
No es el caso de Kant, al menos no del todo.
Kant plantea una ética formal, regida por máximas y leyes propias del ser humano individual. Esa ética debe ser "a priori" (sin experiencia) y autónoma. Además, no nos debe decir lo que tenemos que hacer, sino cómo lo debemos hacer. Me parece un punto bastante importante, quizá equiparable al ejemplo de un niño que tiene que aprender a, por ejemplo, atarse el cordón del zapato, pero nadie le dice cómo hacerlo.
El caso es que Kant quiere que el ser humano se riga por sus propios principios, pues sólo así logrará ser libre. Plantea así el "imperativo categórico", que dice: "Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne el ley universal".
Este imperativo es lo único que permite la libertad.
El ser humano, como fenómeno (ser sensible) está sometido a las leyes de la naturaleza y no posee libertad, pero como noúmeno (mediante su razón) se da a sí mismo su propia ley, se autonomía y posee libertad.

Y esto es todo.
Supongo que explicándolo yo sólo habrá servido para liar a alguien más, pero bueno, a mí me ha servido para repasar y para expresar ideas que no están tan lejanas de la realidad y a las cuales no les falta razón alguna.
Kant me ha gustado. Un hombrecillo que no salió de su pueblo en los más de ochenta años que vivio, y que se convirtió en uno de los filósofos más (si no el más) importante de toda la historia.

Siento el tostón, prometo que la próxima visita será más agradable, pero Kant no podía pasar desapercibido.
Me despido escuchando Nothing else matters de Metallica (me encanta esta canción), hasta que mi tiempo lo permita.